
Para reflexionar: La Salud mental de nuestra Policía
En Misiones, una vez más, la tragedia nos golpea. Un policía asesinó a su pareja y luego se quitó la vida. Una historia que se repite, una noticia que se vuelve costumbre
En Misiones, una vez más, la tragedia nos golpea. Un policía asesinó a su pareja y luego se quitó la vida. Una historia que se repite, una noticia que se vuelve costumbre, un drama que muchos prefieren no mirar.
Pero detrás de cada caso hay algo más profundo: una institución que no escucha, un sistema que no contiene y un Estado que mira hacia otro lado.
Los policías misioneros están atravesando una crisis silenciosa. Algunos se suicidan. Otros descargan su desesperación contra quienes más aman. Y todos tienen algo en común: no fueron escuchados.
Cuando un efectivo manifiesta un problema psicológico, no hay contención real. No hay atención profesional sostenida, ni seguimiento, ni acompañamiento. Lo que hay son informes fríos, silencios administrativos y puertas cerradas. Se los deja solos, cargando con el peso de un trabajo que exige fortaleza constante, pero que no ofrece refugio emocional.
Viven bajo una presión diaria: largas jornadas, bajos sueldos, violencia, y una exigencia permanente de mostrarse firmes, aunque por dentro estén rotos. Se espera que sean héroes, pero nadie se ocupa de que sigan siendo personas.
Las áreas de salud mental policial —esas que deberían prevenir antes de lamentar— se convirtieron en meras oficinas de trámite. No llegan a tiempo, no tienen recursos, y muchas veces ni siquiera cuentan con la confianza de los propios efectivos. Porque pedir ayuda en la fuerza todavía es sinónimo de debilidad, de castigo o de burla.
Y mientras tanto, la lista crece. Más suicidios. Más femicidios. Más familias destruidas. Más uniformes manchados por la falta de atención y por un sistema que hace oídos sordos.
¿Hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que no pasa nada? ¿Cuántas tragedias más hacen falta para entender que la salud mental también es parte de la seguridad pública?
El Estado exige disciplina y compromiso, pero no puede seguir exigiendo sin cuidar. Una fuerza quebrada emocionalmente es una bomba de tiempo. Y cuando estalla, no solo se lleva vidas: también destruye la confianza de toda una comunidad.
Cuidar a quienes nos cuidan no es un gesto de compasión, es una obligación moral y política. Cada policía necesita ser escuchado antes de que el silencio se transforme en tragedia.
Porque los policías misioneros no solo mueren en servicio. A veces mueren en su casa, en soledad, o arrastrando a otros en su dolor. Y ese dolor, aunque muchos no quieran verlo, nos pertenece a todos.